¿Es la lectura un proceso evolutivo en el cerebro humano o es propio del mismo? 

Nuestros ojos van pasando por cada palabra expuesta en este escrito, ejecutando una serie de funciones complejas que permiten una comprensión pertinente de lo que está delante de nosotros. Muchas preguntas surgen detrás de este accionar. Ahora bien, ¿Es la lectura un proceso evolutivo en el cerebro humano o es propio del mismo? 

Para llegar a establecer lo que hoy conocemos como lectura, es necesario entender que este proceso es posible en nuestro cerebro, desde hace apenas unos años. De acuerdo a Wolf (2007), la lectura es una invención cultural reciente, que consta de 5,000 años de antigüedad. Todo este proceso conlleva una serie de prácticas desde la infancia, que van moldeando nuestro cerebro a una comprensión óptima de lo que observa delante de el, conjunto de palabras que buscan ser codificadas.  

Ahora bien, ¿Cómo logramos esta comprensión lectora? Esta habilidad toma lugar en nuestro cerebro, en lugares utilizados para procesar otros estímulos, pasando a ser una nueva área, la cual se llama área de forma visual de las palabras (VWFA). Gracias a varios estudios, se demuestra que dicha área se encarga de reconocer la forma visual de las palabras escritas, distribuyendo esta información para determinadas regiones relacionada con la información lingüístico-auditiva. Dichas regiones, de alguna manera, se implican, en un menor o mayor grado, en la sonoridad, articulación de las palabras y representación del significado (Maluf & Sargiani, 2013).

Como vemos, el desarrollo de la lectura tiene un impacto en distintas áreas de nuestro cerebro, y todo este proceso que pasa el mismo, se da gracias a lo que hoy conocemos como reciclaje neuronal. Dehaene (2009) nos dice que la arquitectura del cerebro humano funciona a marcados contrastes genéticos, a pesar de que ciertos circuitos toleran variaciones. Dando lugar, a la posibilidad de inventar la lectura en áreas preparadas para otras funciones. El arte de la comprensión lectora, es, en definitiva, un proceso que fue inmiscuyéndose en la evolución del ser humano.

 

Referencias

Maluf, M. & Sargiani, R. (2013). Lo que la neurociencia tiene que decir sobre el aprendizaje de la lectura. En Revista de Psicología de Arequipa, 3(1), 11-24. Recuperado de http://colegiodepsicologosarequipa.org

Schlaggar, B. (2008). Proust and the squid: the story and science of the reading brain. En The New England Journal of Medicine, 358;5. Recuperado de http://www.nejm.org/doi/pdf/10.1056/NEJMbkrev59155

Tokuhama-Espinosa, T., Rivera, G. (2013). Estudio del arte sobre conciencia fonológica. CECC/SICA. San José.: CECC/SICA, p64. Quito, Ecuador. Recuperado de http://ceducar.info

El pintor, el dragón y el titán Lealtades invisibles

Había una vez un pintor que en uno de sus viajes quedó tan perdido por el mundo que fue a dar a la guarida de un dragón. Éste, nada más verle, rugió feroz por haberle molestado en su cueva. – ¡Nadie se atreve a entrar aquí y salir vivo! El pintor se disculpó y trató de explicarle que se había perdido. Le aseguró que se marcharía sin volver a molestarle, pero el dragón seguía empeñado en aplastarle. – Escucha dragón. No tienes por qué matarme, igual puedo servirte de ayuda. – ¡Qué tonterías dices enano! ¿Cómo podrías ayudarme tú, que eres tan débil y pequeñajo? ¿Sabes hacer algo, aunque sólo sea bailar? ¡ja, ja,ja,ja! – Soy un gran pintor. Veo que tus escamas están un poco descoloridas y, ciertamente, creo que con una buena mano de pintura podría ayudarte a dar mucho más miedo y tener un aspecto mucho más moderno… El dragón se quedó pensativo, y al poco decidió perdonar la vida al pintor si se dedicaba como esclavo suyo a pintarle y decorarle a su gusto. El pintor cumplió con su papel, dejando al dragón con un aspecto increíble. Al dragón le gustó tanto, que a menudo le pedía al pintor nuevos cambios y retoques, al tiempo que le trataba mucho mejor, casi como a un amigo. Pero por mucho que el pintor se lo pidiera, no estaba dispuesto a dejarlo libre, y le llevaba con él a todas partes. En uno de sus viajes el pintor y el dragón llegaron a una gran montaña. Estaban recorriendola cuando se dieron cuenta de que la montaña se movía… y comenzó a rugir con un ruido tal que dejó al dragón medio muerto de miedo. Aquella montaña era en realidad un gigantesco titán, que se sintió tan enfadado y ofendido por la presencia del dragón, que aseguró que no pararía hasta aplastarlo.

El dragón, asustado por el tamaño del titán, se disculpó y trató de explicarle que había llegado allí por error, pero el titán estaba decidido a acabar con él. – Pero escucha, gran titán, soy un dragón y puedo serte muy útil terminó diciendo. – ¿Tú, dragón enano? ¿Ayudarme a mí? ¿Pero sabes hacer algo útil? ¡ja, ja, ja, ja! – Soy un dragón, y echó fuego por mi boca. Podría asar tu comida y calentar tu cama antes de dormir… El titán, igual que había hecho antes el dragón, aceptó la propuesta, quedándose al dragón como su esclavo, tratándolo como si fuera una cerilla o un mechero. Una noche, cuando el titán dormía, el dragón miró entristecido y avergonzado al pintor. – Ahora que me ha ocurrido a mí, me he dado cuenta de lo que te hice… Perdóname, no debí abusar de mi fuerza y mi tamaño. Y cortando sus cadenas, añadió: – ¡Corre, escapa! El titán duerme y eres tan pequeño que no puede ni verte. El pintor se sintió feliz de haber quedado libre, pero viendo que el dragón, a quien había tomado mucho cariño, había comprendido su injusticia, se quedó por allí cerca pensando un plan para liberarle. A la mañana siguiente. Cuando el titán despertó, descubrió al dragón tumbado a su lado, muerto, con la cabeza cortada. Rugió y rugió y rugió furioso, pensando que habría sido cosa de su primo, el titán más malvado que conocía, y se marchó rápidamente en su busca, decidido a romperle la cabezota en mil pedazos. Cuando se había marchado el titán, el pintor despertó al dragón, que aún dormía tranquilamente en el mismo sitio. Al despertar, el dragón encontró al otro dragón de la cabeza cortada, que no eran más que unas rocas que el pequeño artista había pintado para que parecieran un dragón muerto. Y al mirarse a sí mismo, el dragón comprobó que apenas se le podía ver, pues mientras dormía el pintor había decorado sus escamas de forma que parecía una verde pradera de flores y hierba. Ambos huyeron tan rápido como pudieron, y el dragón, agradecido por haberle salvado, prometió a su amigo el pintor no volver a utilizar su fuerza y su tamaño para abusar de nadie, y que los utilizará siempre para ayudar a quienes más lo necesitaran. 

Autor: Pedro Pablo Sacristán

El ser humano es un ser en constante relación con otros y tenemos recompensas y deudas desde antes de nacer, principalmente con nuestra familia, ese núcleo de interacción primera. Es por eso que debemos conocer a fondo e indagar sobre nuestras raíces para poder hacerles frente. El ser conscientes de las deudas familiares, de generación, de raza, de pueblo, nos da la oportunidad de observar con otra mirada nuestra lealtad al sistema, y proponer, plantear y buscar estrategias para ajustar aquella cuentas pendientes. 

Estos compromisos son como fibras invisibles pero resistentes que mantienen unidos fragmentos complejos de “conducta” relacional, tanto en las familias como en la sociedad en su conjunto. Creando lazos invisibles que no permiten un crecimiento sano del sistema familiar y por tanto, de los subsistemas que la conforman. 

El darse cuenta de aquellos patrones relacionales y conductuales, como vemos en el cuento, son tarea del día a día, para poder llegar a una estabilidad relacional y emocional.

Lidiando con la incertidumbre en tiempos de pandemia

En estos tiempos de pandemia, constantemente nos vemos bombardeado por el término »nueva normalidad», un nuevo concepto que busca darle una especie de norte a esta realidad que vivimos post pandemia. El ser humano, en su necesidad de entender el mundo, de manejarlo, busca disminuir su ansiedad poniéndole un apelativo a las cosas.

 

Es muy difícil predecir como será el curso del resto del año, siendo muy tentador quedarnos en el: »qué pasaría si…». Es por eso, que planteamos una serie de actitudes y comportamientos que consideramos pueden ser de mucha utilidad, a la hora de lidiar con la incertidumbre, esa que llena nuestras horas, paralizándonos y llenándonos de preguntas más que de acciones concretas.

 

-Concéntrate en lo que has aprendido:

Para muchos de nosotros, estos meses de confinamiento ha desafiado una y otra vez nuestros valores y lo que es importante para nosotros. Puede ayudar centrarnos en las cosas que hemos aprendido y logrado en los últimos meses. ¿Eso que no sabías que podías hacer, te lleva a acercarte más a tu mundo interior o a tus metas?

 

-Concéntrate en el presente:

Solo se puede hacer lo mejor con lo que tenemos hoy. Con tantas regulaciones y noticias que cambian con frecuencia y muchas discusiones conflictivas en los medios, intenta concentrarte en el momento presente. ¿Qué pequeñas metas puedes plantearte día tras día? Trata de ser realista y cariñoso a la hora de establecerlas, pues tendemos a querer saltar cuando la vida nos está invitado a desacelerar.

 

-Trae al foco a aquellas cosas que si son certeras:

Intenta grabar y apreciar las cosas buenas a medida que suceden y procura tomar aquellas oportunidades de restablecerte y relajarte. Desde un rico té sentada en el balcón una mañana silenciosa, hasta un viaje a la playa con tus amigos y/o familiares (con las medidas de prevención señaladas por las autoridades). Recuérdate constantemente aquellas cosas que son esperanzadoras.

 

-Habla con personas de confianza sobre como estás:

Es importante hablar con aquellas personas que te generan confianza sobre cómo te sientes. Trata de no disminuir tus preocupaciones o juzgarte con demasiada dureza. Una perspectiva externa puede ayudar con todo eso que te pueda generar desanimo, ansiedad o preocupación.

Si sientes que la incertidumbre va ganando más terreno dentro de ti y estas indicaciones no las puedes llevar a cabo, acércate a uno de nuestros terapeutas y con gusto te ayudarán.